martedì 16 giugno 2026

Discurso de recepción de reconocimiento de UNIBE

Es con profundo agradecimiento que recibo este premio. Me siento honrada por la distinción, más aún porque llega en la semana dedicada al medio ambiente.

Agradecida por el reconocimiento, considero valioso poder compartir unas breves reflexiones sobre la importancia de aprender de la naturaleza y de su funcionamiento.

El reconocimiento de los logros alcanzados es, en realidad, un homenaje al recorrido hecho para llegar a ellos. Y, en efecto, la naturaleza nos enseña a reintroducir el tiempo en la ecuación: para que los procesos se desarrollen de manera oportuna y se obtengan resultados exitosos y duraderos, es necesario enfrentar un camino hecho de constancia en el entrenamiento y la práctica, así como de caídas, pruebas, errores y correcciones.

Nos invita también a reflexionar sobre el “olvidado Segundo Principio de la Termodinámica”, que nos recuerda que, en el universo en el cual vivimos, siempre debemos invertir más energía de la que logramos aprovechar en una acción.

Observar y analizar la naturaleza y sus procesos es una poderosa vacuna contra el inmediatismo de la época actual, donde nos venden soluciones milagrosas e “instantáneas”, que, al final, ¡siempre tienen su “piogán”!

Recibo hoy este homenaje profundamente agradecida hacia todas aquellas personas que han hecho posible todo lo realizado hasta el momento: compañeros y compañeras de viaje que comparten conmigo los méritos de los logros alcanzados.

En primer lugar, mi familia de origen: mi papá, mi mamá y mis abuelos, cuyo sacrificio fue fundamental para que yo pudiera estudiar lo que me apasiona y quienes me enseñaron la importancia de predicar con el ejemplo, sin mucho ruido, los valores en los cuales creo.

Mi hermano Fab y mi hermana Noris, por enseñarme el valor de cada día y la importancia de vivirlo con la justa ligereza, sin tomarnos demasiado en serio.

Alberto, por ser un constante estímulo a superarse y al debate crítico.

Mi padre espiritual, el querido Don Armando, cuya enseñanza sigue guiándome.

La familia scout, donde fortalecí los valores de la esencialidad y del compromiso social, así como el sentido del “estote parati”, estar siempre listos para ejercer una ciudadanía activa y responsable, contribuyendo a dejar este mundo un poco mejor de como lo encontramos.

La familia del running, donde, los entrenamientos nos ayudan a prepararnos en primer lugar para el gran maratón de la vida.

Y, luego, mi profesor de siempre, Vico Brancaccio, mi querido amigo y compañero de running Rafael Lugo, Luly, Nelson… y la lista podría seguir por horas.

Finalmente, quiero agradecer al gran equipo de Guakía Ambiente, que tengo el honor de coordinar: seres humanos excepcionales, con quienes compartimos la convicción de que acciones locales asumidas con amor, compromiso y visión de futuro marcan la diferencia, generando impactos de sostenibilidad.

En este sentido, una vez más, la naturaleza nos recuerda que somos parte de un sistema y que nuestros logros son posibles si y sólo si nos coordinamos con muchos otros pequeños seres.

En efecto, la naturaleza es, en el buen sentido del término, “anárquica” en su esencia: rehuye el centralismo y se organiza a partir de múltiples centros que actúan coordinándose entre sí: ¡el principio de subsidiariedad hecho realidad!

Por eso, sea cual sea el ámbito en el cual estemos desarrollando nuestra acción, debemos ser “facilitadores de procesos”, aprendiendo del cerebro, que se regenera creando nuevas conexiones.

En una época en la cual quieren convencernos de la inevitabilidad de la guerra, estamos llamados a facilitar la creación de “sinapsis sociales”, convirtiéndonos así en verdaderos operadores de paz.

En este contexto, cabe resaltar la importancia de la academia como espacio formativo para el análisis crítico de la realidad. Las universidades están llamadas a ser mucho más que un liceo. Su valor diferencial radica en la enseñanza basada en la investigación, orientada a responder preguntas clave para comprender el funcionamiento de sistemas complejos. En este sentido, su contribución es fundamental para superar el gran desafío que, como país, enfrentamos en materia de producción y acceso a datos de calidad.

Los ateneos deben formar personas conscientes de que los problemas complejos no pueden abordarse con medidas simplistas o demagógicas, sino que requieren de la inteligencia colectiva. Nuestros vecinos haitianos utilizan una expresión muy gráfica para ilustrarlo:  “mete tét ansamn”, literalmente “juntar las cabezas”.

Las universidades son, así, el espacio ideal para educar en la diversidad y la inclusión. Una vez más, la naturaleza nos enseña que el buen funcionamiento, y, por ende, la sostenibilidad, de un sistema complejo está directamente ligado a qué tan diverso sea, no sólo en términos de número de elementos que lo componen, sino también de la riqueza de las relaciones entre ellos.

Así, en cada área del conocimiento, el eje transversal de la enseñanza académica debe ser la búsqueda del contradictorio, que, a través de la diversidad de puntos de vista, es el único instrumento para el crecimiento personal y colectivo, contribuyendo al desarrollo democrático de la sociedad.

Y, finalmente, quiero exhortar a todos y todas, especialmente a quienes tienen menos juventud acumulada, a identificar lo que les apasiona, a formarse y a alcanzar la excelencia en su área. De esa manera, seremos personas más felices, nuestro aporte a la sociedad será enorme y contribuiremos a construir un mundo decididamente mejor.

¡Muchas gracias!

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