En un día como hoy, en el cual estamos reunidos para celebrar la culminación exitosa de un proceso largo, quiero resaltar especialmente un aspecto.
Y, para eso, quiero
empezar con una pregunta: ¿Qué hace especiales estos proyectos y sistemas?
La pregunta tiene
sentido, puesto que de su respuesta depende aquella a otra pregunta que, en
varias ocasiones nos han puesto algunos funcionarios públicos y representantes
de otras entidades: ¿Qué sentido tiene que el Estado haga la inversión de esta
manera participativa, en lugar de ejecutar las obras con el mecanismo clásico
de licitación y contratación?
La respuesta a ambas
preguntas está en el modelo y enfoque de estos sistemas, que, desde la
fase de estudio, se sustentan en el empoderamiento de las comunidades y
personas beneficiarias, así como en una visión integral del territorio y sus
recursos.
Estos proyectos, más
allá de cerrar una brecha importante de acceso a servicios de base para
poblaciones vulnerables, son una escuela en la cual cada persona e institución
participante se educa al desarrollo. En el proceso aprendemos cuáles son los
elementos clave de la sostenibilidad, una palabra frecuentemente abusada,
que se pierde en los convenios e interminables informes redactados en ambientes
estériles, bien lejos de la frustración de quien, en su lucha diaria para la
defensa del territorio, constata desconsolado el deterioro progresivo de sus
recursos.
Estos sistemas, que,
para ser construidos y manejados adecuadamente, requieren de la articulación
de numerosos actores, cuya contribución, sin importar la magnitud, es
fundamental para alcanzar la meta, muestran el camino a seguir para hacer las
cosas de la manera correcta.
Con estas iniciativas
el Estado avanza hacia la sostenibilidad, puesto que esta depende, por un lado,
de un marco político y legal que la sustentan, y, por el otro, del compromiso
de comunidades e individuos que, viviendo de los recursos presentes en sus
territorios, los conservan y protegen, generando servicios ecosistémicos que
sustentan la economía de grupos humanos mucho más grandes.
El futuro de nuestro
país y, más ampliamente, de la sociedad humana, se juega alrededor de tres
pilares: seguridad hídrica, seguridad alimentaria y seguridad energética.
Todos, entrelazados entre sí, pasan por la gestión del territorio y sus
recursos.
Estos sistemas son
una garantía de que se preserven las cuencas hidrográficas en su parte más
relevante para la producción de agua.
Las comunidades,
recordando el esfuerzo que tuvieron que hacer para lograr el acceso a la
electricidad, deben asumir la responsabilidad de cuidar estos sistemas y
gestionarlos oportunamente. Todas nuestras entidades, que hemos apostado a
la coordinación y colaboración, tenemos el deber de seguir acompañando a los
grupos locales, respaldándolos en su lucha contra intereses particulares que
amenazan los territorios.
Los buenos
resultados alcanzados hablan por sí solos, dando los méritos y la visibilidad a
cada una de las entidades y personas de buena voluntad que aportaron, sin
importar si fue un granito o un saco de arena.
En un mundo dominado
por los conflictos y la imposición de poder, todos y todas aquí presentes
apostamos a una humanidad que sabe valorar y aprovechar su diversidad para
encontrar soluciones sostenibles.
¡Muchas felicidades a
todas y todos!