Vivimos en una época en la cual estamos llevando a cabo
esfuerzos enormes para humanizar a las máquinas, mientras deshumanizamos
progresivamente a las personas.
Esa deshumanización se hace cada vez más evidente en
numerosos aspectos de la vida diaria. Sin embargo, los indicadores más claros
de esa tendencia se identifican en el creciente individualismo y la progresiva
degradación de las capacidades analíticas y críticas.
De esa manera, las sociedades se convierten cada día más en
agrupaciones de autómatas, que se conforman con aspirar a dosis cotidianas de
dopamina, perdiendo de vista el crecimiento espiritual.
En el contexto general ha venido desapareciendo la reflexión existencialista, aquellas preguntas sobre el porqué, para qué y hacia dónde que han movido al ser humano desde el momento en que adquirió conciencia de sí mismo... aquellas preguntas que desde tiempos inmemoriales lo han impulsado a ir más allá, en busca de una respuesta, siguiendo la conclusión del Ulises dantesco, quien, condenado por haber sido consejero fraudulento, pero exaltado por su inteligencia y espíritu, afirma: "Fatti non foste per viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza"... ¡"No fuisteis hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento"!
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